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ENRIQUE LAFOURCADE El Oro de la Memoria |
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Tal vez el primer libro fue escrito por el viento. En la arena. El viento cargado de mensajes y secretos trajo y se llevó las palabras de este libro. Como las palabras de Jesús, o la palabra, la única que él escribió. De allí que podríamos conjeturar que el viento, a veces, es una suerte de mano de Dios.
EL LIBRO DE PIEDRA
Si pensamos en el libro como un cuerpo de materias, necesariamente deberíamos pensar en los materiales de que fue hecho.
¿La piedra? ¿Por qué no? Estaba allí, en la tierra. Había llegado del hondo universo, los granitos, cuarzos, alabastros, dioritas, obsidianas, ágatas.
El hombre estaba solo en la creación. ¿Cómo habrá sido esa soledad? Grupos, parejas, machos y hembras fantasmales. La palabra sagrada: sobrevivir. Al frío, al calor, a los otros animales. Conseguir alimento. Reproducirse para sobrevivir. Piedra en la piedra, ¿el hombre dónde estuvo? - pregunta Neruda mirando Macchu Picchu.
Otro poeta de nuestra tierra, Nicanor Parra, escribe en "Soliloquio del Individuo":
Yo, soy el Individuo
Primero viví en una roca
(allí grabé algunas figuras)
DE BARRO, EN CUEROS
Es posible que la roca ofreciera duración. Pero costó inscribirla, escribirla. La palabra - un simple ideograma, un dibujo mínimo, un pescadito – demoró en habitarla.
Había que explorar otros materiales. ¿Por qué no el barro, la arcilla? Con un estilete, con una espina de cactus. Allí se podía dibujar cualquier cosa. La arcilla se endurecía con el fuego.
¿Y por qué no, además, en pellejos de cabros? Para seguir vivo el hombre mataba animales. Los cueros eran duros y costaba que el tiempo los destruyera. Podían amansarse. En viejísimas ciudades como Pérgamo, donde abundaban los carneros, las cabras, sus cueros raspados, extendidos, macerados, se transformaron en excelentes bases para los dibujos - palabras, para la palabra - dibujo. El pergamino aseguraba mayor duración que la arcilla. Casi tanta, como la piedra. Bien escrito y guardado, se iría secando suavemente, sin alterarse, inmune a coleópteros, hongos, años.
¿Cuántos libros sagrados fueron escritos en pergaminos? ¿Y en arcilla? ¿Y en piedra? Parecía que todo escrito era un libro, y que todo libro era sagrado.
Y entre muchos, la Biblia, el Libro de los Libros, según dos de las mayores iglesias monoteístas. El único, el merecedor, para los judíos, de un arca – altar que simboliza la alianza de Dios y el hombre, al que sólo tenían acceso los ungidos, los sacerdotes de la luz, los seres mágicos formados por Hermes el intérprete. Estos hermeneutas desenrollaban sus pergaminos y los leían. Los leían cantando. El hombre estaba moviéndose con pasos poderosos por el gigantesco tiempo de la historia: ¡había escrito! ¡había leído!
¿Y POR QUÉ QUERÍA ESCRIBIR?
Hay varias respuestas posibles: para que el viento no se los llevara a ellos, como las primeras palabras en la arena. Para que los hombres nuevos que vendrían conocieran de sus gemidos de miedo, de sus exclamaciones de alegría.
Para la memoria, estaban escribiendo.
Para decir: "aquí llegó donde otro no ha llegado", para intentar prevalecer, para pedir una tregua en el tiempo, un poco más en el recuerdo de los hombres.
Propongo otra respuesta: para que, detenidos en los libros, hablara lo invisible, ese resplandor de luz que vino del fondo del universo y que les trajo; también, para darle un lugar a Dios, para que hablaran los dioses, todas esas formas de la esperanza. Para volver a encontrarse, como pidiera Li-Po, "en el brumoso río de las estrellas".
Escribían contra la muerte. Hicieron los libros contra la muerte. Libros y respuestas conforman una sola unidad. Somos los hombres del libro de las respuestas. Somos, antes y esencialmente, los hombres del libro de las interrogaciones. Los que preguntamos a la arena, a la piedra, a la arcilla, a los pergaminos. Para poder vivir.
También, para hacer vivir. Italo Calvino dijo con gran seguridad: "Los libros están hechos para ser de otros. Un libro único tiene sentido en cuanto se une a oros libros. Así ha sido desde que los libros eran rollos de papiro que se alineaban sobre los estantes de las bibliotecas, sus cilindros verticales como las cañas de un órgano, cada uno con su propia voz grave y delicada, osada y melancólica".
LIBRO Y MEMORIA
EL ORO DE LA MEMORIA
La metáfora del mundo como un libro aún no enteramente leído parece seductora. Y vagamente aterrorizante. Apenas si tenemos tiempo para hojear sus páginas, para darle una mirada en forma distraída. Hablo, por cierto, del mundo como una voluntad y, además, como una representación. El mundo exterior y el interior, hechos para vivir de la mano.
Pensemos en un universo que sea pura memoria. Lo mejor de la memoria, su oro, de la mas alta ley de fino. Pensemos en esos pequeños instantes hondos como el mar.
En tanto seres humanos guardamos una enorme oportunidad: aprender. Parecemos hechos para conocer algo desconocido, para interrogar la realidad. No la queremos tal cual se nos presenta. Como Huidobro, al océano le preguntamos "y al otro lado, qué escondes, mar, al otro lado?".
Hemos sido donados con instrumentos finísimos que nos permiten el pensamiento. Al menos, la memoria. Aunque no sea esta memoria, por su carácter mecánico, reproductor, sino el alimento inicial de la inteligencia, va que aprender es algo más. Mucho más.
Creo que el conocimiento tiene que ver con la antigua perplejidad de Sócrates. Con una vigilia intelectual permanente, a modo de viaje por la realidad confusa y obscura del mundo, como colónidas. Creo, además, que este viaje es interminable porque cada descubrimiento da lugar a nuevas preguntas.
Porque es posible que no haya una respuesta absoluta y también es probable y casi seguro que gran parte de las respuestas estén guardadas en los libros. Aunque ardan las bibliotecas como la de la remota Alejandría, como las de Roma y Cartago, aunque los bárbaros quemen las enciclopedias escritas en las más dulces sedas de las poderosas dinastías chinas, aunque destruyan los papiros iluminados, las alfombras y tapicerías, los (aparentemente) libros únicos, mientras quede un hombre en la tierra conservar parte del oro de la memoria y continuar su tarea de vivir como un libro y recomenzar la vida.
EL LIBRO Y LA BELLEZA
Si algo de perenne contiene el libro es su irreprimible movimiento hacia la belleza. Bellas palabras
de Dios, bellas historias de reyes y patriarcas, de iluminados y profetas y poetas. Historia de los grandes ensueños políticos colectivos y personales. El libro hecho con papeles vegetales, con cueros, con paja de arroz, con fibras de papiros crecidos en los deltas de los enormes ríos terrestres, el libro de la piedra y de la arcilla, en las maderas, en las minas metálicas, en la cera, en la arena. Todo esto parece indicar una
voluntad histórica, algo como "no nos borrar n", un propósito de prevalecer, de dejar la huella de la mano en el muro de la caverna, unos signos, unos dibujos que hablen y digan que aquí vivimos y aquí soñamos y sufrimos y fuimos imaginados por poderosos dioses; o creamos nosotros a dioses poderosos, y tuvimos días de paz y de guerra y buscarnos la alegría y el amor y admiramos las cosas bellas de este mundo.
Los antiguos creían que no éramos los hombres quienes escribíamos los libros, sino éstos los que nos escribían. Habíamos sido escritos por los libros. El destino, en el mundo islámico, es algo que ya está escrito. Nos escribió el gran libro de Dios.
NOS VAMOS MAÑANA
Estas cosas quiero decirles a ustedes y en especial a las nuevas generaciones que llegan a este mundo tecnolátrico, de mercados y mercaderes.
Somos una sombra en el tiempo. Pero guardamos algo. Cada uno abriga una pequeña luz que es remedo, guía y huella de los hombres que pasaron y de los que vendrán.
Entre tantos instrumentos de que disponemos está este viejo, delicado, humilde libro hecho para la eternidad, porque es ese oro de nuestra memoria, contenedor de la vida y el amor de las razones y ensueños. Acercarnos al libro es nuestra única oportunidad de seguir vivos. Por lo menos, la más rica. Ser hombres con ayer y estar preparados para irnos mañana, serenos, porque dejamos un rasguño en la tierra, unas señales. Aquí hay pocas razones, lo reconozco. La vida es áspera, está hecha para hombres duros. El mundo que preparamos casi no tiene lugar para los que sueñan.
Pero bastar con unos pocos para reconstruir estas ruinas. El buen ladrón es el que roba la verdad. Y esa verdad que buscamos, y que tuvimos y tenemos, está vinculada a una pudorosa lucha contra la muerte. La de David, tal vez. La muerte tiene una fuerza mayor. Pero el joven David es un poeta. "El poeta sólo trata de introducir su cabeza en los cielos" - dice Chesterton. Y agrega: -"Es el lógico el que trata de introducir los cielos en su cabeza".
Entonces, contra la muerte, navegando en el antiguo río del vivir, pudientes, ricos del oro de la memoria, así es como imagino a estas nuevas generaciones abrazadas al Arte y la Poesía, la Belleza y los Libros, el Amor y los Libros, la Felicidad y los Libros porque somos libres pero no de los libros que nos envuelven y abrigan y nos dan el gran oxígeno de la cultura, el gran oxígeno de la aventura, el conocimiento y la duda metódica y nos salvan con el Amor del Amor, con la Vida plena de la Vida. Escritos, como estamos, por el viento. Hechos, como somos, para la esperanza.